Trabajo la educación musical desde el cuerpo, el juego y la experiencia sonora compartida. Para mí, aprender música no es solo adquirir contenidos o técnicas, sino habitar procesos donde el movimiento, la exploración, la escucha y la relación con otros tienen un rol central.
La música se comprende cuando se vive, no solo cuando se explica.
El juego ocupa un lugar fundamental en mi forma de enseñar. No lo concibo como un momento accesorio ni como una pausa recreativa, sino como una estrategia pedagógica consciente. A través del juego se activan la curiosidad, la atención, la colaboración y la toma de decisiones, elementos clave para que el aprendizaje tenga sentido y profundidad.
Jugar, en este contexto, es una forma seria y rigurosa de aprender.
Integro tecnología, incluida la inteligencia artificial, únicamente cuando aporta sentido pedagógico. No trabajo desde la fascinación por la herramienta ni desde la lógica de la novedad permanente. Utilizo la tecnología como apoyo al criterio docente: para optimizar tiempos, ampliar posibilidades creativas y facilitar procesos de planificación, evaluación y creación, sin desplazar el cuerpo, la experiencia ni el vínculo humano que sostienen el aprendizaje.
La tecnología no desplaza el cuerpo ni el vínculo humano.
Mi trabajo se desarrolla en contextos reales, muchas veces atravesados por limitaciones de recursos, tiempo y condiciones estructurales. Por eso, las propuestas que diseño no nacen desde lo ideal ni desde modelos inalcanzables, sino desde lo posible. Cada experiencia, taller o proyecto está pensada para funcionar en el aula tal como es, con estudiantes reales y condiciones concretas.
Desde ahí tomo decisiones, diseño propuestas y acompaño procesos educativos.